lunes, 30 de mayo de 2011

Nuevos trucos de Kika





Ha vendido 25 millones de ejemplares. Las aventuras de la niña bruja creada hace diez años por Knister, el autor alemán, siguen conquistando a los lectores más pequeños.

Durante los últimos tres años, a mediodía, cuando cierran las casetas de la Feria de Madrid, Ludger Jochmann (Bottrop, Alemania, 1952) -más conocido como Knister, padre literario de Kika Superbruja- se sentaba en un banco con la solana y seguía dibujando con parsimonia elefantes o rinocerontes en cada dedicatoria de sus libros. Pero este año el superventas infantil no puede venir. Recorre México para dar a conocer su obra. De Kika, una niña que hace hechizos de consecuencias inesperadas, se han vendido 25 millones de ejemplares, de ellos 18 en su país y 5 en España desde 1997.
La noticia en otros webs
"Los niños te ayudan a saber qué interesa y qué no, no pueden ser conejillos de indias. Hago mías las palabras de Astrid Lindgren: escribo para el niño que llevo dentro", sostiene Knister. "Tengo tres hijos varones y Kika lleva diez años conmigo. Es la hija que no he tenido. Como a los chicos -que leen menos- les gusta mucho la tecnología, decidí incluir en la última parte trucos de magia. Intenté aprender encantamientos, pero me fue imposible. Así que consulto a magos profesionales y luego escribo", confiesa. "Vaya donde vaya comparan a Kika con Pippi, un personaje que cuando conquistó el mundo no lo hizo en España porque no casaba con los intereses de la época franquista".


Fue una idea de su editor que la protagonista fuese una bruja. "Yo me resistía. En Alemania hay muchas y, además, muy famosas. En cada país la pequeña hechicera recibe un nombre: Lili, Maga Martina, Kika... Elegí el nombre de Lili porque se leía bien y leer es el mensaje principal. Me sorprendió mucho que Kika se escribiese con K, que es una letra muy sonora, rotunda. Ideal para el personaje. Un publicista me explicó que la K estaba muy de moda en España. Si lo llego a saber antes la bautizo así en todas partes", explica entusiasmado. "El humor es cultural, depende mucho de cada país, y sorprende comprobar que los niños de China se ríen con Kika. Yo de siempre leí a mis hijos y a veces resultaba aburrido. Por eso meto gags dirigidos directamente a los padres", reconoce el alemán, que también invita a la lectura aunque sin tomar el camino directo. "Muchos libros empiezan con Kika visitando una biblioteca por placer, no por obligación escolar. Es una pena que se viese en la Copa del Mundo de Sudáfrica a los jugadores jugando a la play y no leyendo, lo que sería un estímulo para los niños", explica Knister, que presenta programas de animación lectora en la radio y la televisión.



Músico, empezó en Barrio Sésamo componiendo con libretos de otros autores. "Me resultaba muy raro adaptar la música al texto y decidí escribirlos yo. Escribía historias de dos o tres minutos, y fueron un éxito. En la redacción se entusiasmaron y me dijeron que me dedicara a ello, que músicos ya había muchos y no buenos letristas. Por entonces era profesor de educación especial y no tenía tiempo para hacer todo, así que dejé la música. Me costó mucho". Menos le ha costado alternar literatura y la gran pantalla. "El cine cuesta mucho dinero y los productores no quieren arriesgar, pero sí hacer mucho dinero. Ellos querían que la primera película fuese como el primer libro, así que fue complicado convencerles de que debía ser una historia nueva". En 2009 se estrenó La superbruja Kika, de Stefan Ruzowitzky, con la participación de Pilar Bardem como la bruja Surulunda, que participa también en Kika Superbruja y el viaje a Mandorlán, de Harald Sicheritz, que se estrenará el próximo octubre. Justamente es el último título nuevo que Bruño ha editado en España junto al 12º de la colección Kika Superbruja y Dani -para niños más pequeños-, El misterioso genio de la botella. La máquina está engrasada y, aunque alterne con literatura adulta y el cine, la hechicera seguirá encantando a las nuevas generaciones.


Fuente: ELPAIS.COM. Babelia

viernes, 27 de mayo de 2011

Hora de despertar, por A. Muñoz Molina

He pensado desde hace muchos años, y lo he escrito de vez en cuando, que España vivía en un estado de irrealidad parcial, incluso de delirio, sobre todo en la esfera pública, pero no solo en ella. Un delirio inducido por la clase política, alimentado por los medios, consentido por la ciudadanía, que aceptaba sin mucha dificultad la irrelevancia a cambio del halago, casi siempre de tipo identitario o festivo, o una mezcla de los dos. La broma empezó en los ochenta, cuando de la noche a la mañana nos hicimos modernos y amnésicos y el gobierno nos decía que España estaba de moda en el mundo, y Tierno Galván -¡Tierno Galván!- empezó la demagogia del político campechano y majete proclamando en las fiestas de San Isidro de Madrid aquello de “¡ El que no esté colocao que se coloque, y al loro!” Tierno Galván, que miró sonriente para otro lado, siendo alcalde, cuando un concejal le trajo pruebas de los primeros indicios de la infección que no ha dejado de agravarse con los años, la corrupción municipal que volvía cómplices a empresarios y a políticos.
Por un azar de la vida me encontré en la Expo de Sevilla en 1992 la noche de su clausura: en una terraza de no sé qué pabellón, entre una multitud de políticos y prebostes de diversa índole que comían gratis jamón de pata negra mientras estallaban en el horizonte los fuegos artificiales de la clausura. Era un símbolo tan demasiado evidente que ni siquiera servía para hacer literatura. Era la época de los grandes acontecimientos y no de los pequeños logros diarios, del despliegue obsceno de lujo y no de administración austera y rigurosa, de entusiasmo obligatorio. Llevar la contraria te convertía en algo peor que un reaccionario: en un malasombra. En esos años yo escribía una columna semanal en El País de Andalucía, cuando lo dirigía mi querida Soledad Gallego, a quien tuve la alegría grande de encontrar en Buenos Aires la semana pasada. Escribía denunciando el folklorismo obligatorio, el narcisismo de la identidad, el abandono de la enseñanza pública, el disparate de un televisión pagada con el dinero de todos en la que aparecían con frecuencia adivinos y brujas, la manía de los grandes gestos, las inauguraciones, las conmemoraciones, el despilfarro en lo superfluo y la mezquindad en lo necesario. Recuerdo un artículo en el que ironizaba sobre un curso de espíritu rociero para maestros que organizó ese año la Junta de Andalucía: hubo quien escribió al periódico llamándome traidor a mi tierra; hubo una carta colectiva de no sé cuantos ofendidos por mi artículo, entre ellos, por cierto, un obispo. Recuerdo un concejal que me acusaba de “criminalizar a los jóvenes” por sugerir que tal vez el fomento del alcoholismo colectivo no debiera estar entre las prioridades de una institución pública, después de una fiesta de la Cruz en Granada que duró más de una semana y que dejó media ciudad anegada en basuras.
El orgullo vacuo del ser ha dejado en segundo plano la dificultad y la satisfacción del hacer. Es algo que viene de antiguo, concretamente de la época de la Contrarreforma, cuando lo importante en la España inquisitorial consistía en mostrar que se era algo, a machamartillo, sin mezcla, sin sombra de duda; mostrar, sobre todo, que no se era: que no se era judío, o morisco, o hereje. Que esa obcecación en la pureza de sangre convertida en identidad colectiva haya sido la base de una gran parte de los discursos políticos ha sido para mí una de las grandes sorpresas de la democracia en España. Ser andaluz, ser vasco, ser canario, ser de donde sea, ser lo que sea, de nacimiento, para siempre, sin fisuras: ser de izquierdas, ser de derechas, ser católico, ser del Madrid, ser gay, ser de la cofradía de la Macarena, ser machote, ser joven. La omipresencia del ser cortocircuita de antemano cualquier debate: me critiacan no porque soy corrupto, sino porque soy valenciano; si dices algo en contra de mí no es porque tengas argumentos, sino porque eres de izquierdas, o porque eres de derechas, o porque eres de fuera; quien denuncia el maltrato de un animal en una fiesta bárbara está ofendiendo a los extremeños, o a los de Zamora,o de donde sea; si te parece mal que el gobierno de Galicia gaste no sé cuántos miles de millones de euros en un edificio faraónico es que eres un rojo; si te escandalizas de que España gaste más de 20 millones de euros en la célebre cúpula de Barceló en Ginebra es que eres de derechas, o que estás en contra del arte moderno; si te alarman los informes reiterados sobre el fracaso escolar en España es que tiene nostalgia de la educación franquista.
He visto a alcaldes y a autoridades autonómicas españolas de todos los colores tirar cantidades inmensas de dinero público viniendo a Nueva York en presuntos viajes promocionales que solo tienen eco en los informativos de sus comarcas, municipios o comunidades respectivas, ya que en el séquito suelen o solían venir periodistas, jefes de prensa, hasta sindicalistas. Los he visto alquilar uno de los salones más caros del Waldorf Astoria para “presentar” un premio de poesía. Presentar no se sabe a quién, porque entre el público solo estaban ellos, sus familiares más próximos y unos cuantos españoles de los que viven aquí. Cuando era director del Cervantes el jefe de protocolo de un jerarca autonómico me llamó para exigirme que saliera a recibir a su señoría a la puerta del edificio cuando él llegara en el coche oficial. Preferí esperarlo en el patio, que se estaba más fresco. Entró rodeado por un séquito que atascaba los pasillos del centro y cuando yo empezaba a explicarle algo tuvo a bien ponerse a hablar por el móvil y dejarnos a todos, al séquito y a mí, esperando durante varios minutos. “Era Plácido”, dijo, “que viene a sumarse a nuestro proyecto”. El proyecto en cuestión calculo que tardará un siglo en terminar de pagarse.
Lo que yo me preguntaba, y lo que preguntaba cada vez que veía a un economista, era cómo un país de mediana importancia podía permitirse tantos lujos. Y me preguntaba y me pregunto por qué la ciudadanía ha aceptado con tanta indiferencia tantos abusos, durante tanto tiempo. Por eso creo que el despertar forzoso al que parece que al fin estamos llegando ha de tener una parte de rebeldía práctica y otra de autocrítica. Rebeldía práctica para ponernos de acuerdo en hacer juntos un cierto número de cosas y no solo para enfatizar lo que ya somos, o lo que nos han dicho o imaginamos que somos: que haya listas abiertas y limitación de mandatos, que la administración sea austera, profesional y transparente, que se prescinda de lo superfluo para salvar lo imprescindible en los tiempos que vienen, que se debata con claridad el modelo educativo y el modelo productivo que nuestro país necesita para ser viable y para ser justo, que las mejoras graduales y en profundidad surgidas del consenso democrático estén siempre por encima de los gestos enfáticos, de los centenarios y los monumentos firmados por vedettes internacionales de la arquitectura.
Y autocrítica, insisto, para no ceder más al halago, para reflexionar sobre lo que cada uno puede hacer en su propio ámbito y quizás no hace con el empeño con que debiera: el profesor enseñar, el estudiante estudiar haciéndose responsable del privilegio que es la educación pública, el tan solo un poco enfermo no presentarse en urgencias, el periodista comprobando un dato o un nombre por segunda vez antes de escribirlos, el padre o la madre responsabilizándose de los buenos modales de su hijo, cada uno a lo suyo, en lo suyo, por fin ciudadanos y adultos, no adolescentes perpetuos, entre el letargo y la queja, miembros de una comunidad política sólida y abierta y no de una tribu ancestral: ciudadanos justos y benéficos, como decía tan cándidamente, tan conmovedoramente, la Constitución de 1812, trabajadores de todas clases, como decía la de 1931.
Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto.

jueves, 26 de mayo de 2011

La industria editorial alemana fomenta el libro electrónico

La cuota de mercado llega al 5% gracias al fácil proceso de compra y sus precios competitivos

Alemania es el país europeo junto con Reino Unido en el que más ha despuntado el negocio digital. Según los datos que se hicieron públicos en la Feria del Libro de Londres, celebrada el pasado mes de abril, el ebook copa el 5% de cuota de mercado. En España, todavía no llegamos al 3% (último dato ofrecido por los editores españoles).
Los motivos que certifican la integración del libro electrónico se basan en razones históricas y en una mejor comprensión del futuro de la industria editorial. Alemania fue el país europeo en el que antes triunfó el audiolibro, un formato que llegó hace 20 años y que aún no ha salido de las librerías. En España, sin embargo, esta forma de disfrutar del libro nunca caló entre los lectores y tampoco la cadena editorial le dio muchas oportunidades.
El fácil acceso, la compra cómoda y el precio, claves en el éxito
Dos décadas después del audiolibro, los alemanes fueron también los primeros en ponerse las pilas a la hora de transformar la industria para impulsar el ebook. Con el impulso de unas editoriales en su mayoría subsidiarias de los sellos estadounidenses, en 2007 crearon Libreka! (www.libreka.de), una plataforma de venta y previsualización de libros electrónicos conformada por editores y libreros, que tiene un catálogo de 1.349.257 títulos, de los cuales pueden comprarse 71.434. Además de Libreka! hoy existen ya otras dos plataformas locales, Libri (libri.de) y Knv (knv.de), que han conseguido que el mercado digital alemán llegue a los 100.000 títulos.
Plataformas locales
"Ellos fueron capaces de crear un punto de venta, una tienda, con las herramientas necesarias para seducir al lector: un fácil acceso, un proceso de venta cómodo y un precio competitivo", apunta el experto en economía digital, Javier Celaya. En Alemania, los libros electrónicos cuestan entre ocho y diez euros (lo que supone para este mercado entre un 30% y un 40% menos del precio en papel), están en formato epub (no en pdf) y se pueden leer en todos los dispositivos.
A estas tiendas se ha sumado en los últimos dos meses Amazon.de con cerca de 25.000 títulos, de los cuales la mitad son en inglés. Al igual que en España y Francia, en Alemania también existe la ley del precio fijo. "No ha sido un problema. Ellos cumplen la ley, lo que pasa es que lanzan sus ofertas con los libros en inglés, ya que no son un producto alemán", afirma Celaya.
Nada que ver con la situación española. De hecho, en la Feria del Libro de Madrid no habrá ebooks. Como ya señaló Fernando Valverde, del Gremio de Libreros: "La feria es para palpar libros".

En el mercado alemán hay 100.000 títulos en formato ebook.


Fuente; elpublico.es

miércoles, 25 de mayo de 2011

La mayor librería



La Feria del Libro de Madrid, verdadero termómetro del sector editorial, encara su 70ª edición -que comienza el próximo viernes- con su habitual ambiente de celebración, aunque lastrada este año por los efectos de la crisis. Alemania es el país invitado.








Ilustración de Ana Juan

La Feria del Libro de Madrid -buque insignia de una flota de citas que, desde abril, toma las calles de las ciudades españolas- lleva décadas funcionando como termómetro del año editorial. Este curso, además, deberá tomar la temperatura a un enfermo al que han tardado en diagnosticarle la dolencia que padece: crisis. Llueva o no llueva, las casetas del Retiro abrirán el próximo viernes en medio de un temporal. Cuando cierren se sabrá si la deriva sigue o si el optimismo primaveral es algo más que papel mojado. Entretanto, los libros siguen llegando a las librerías a velocidad de crucero.



Cita 'ni ni'. La de Madrid es una feria ni ni. Ni profesional ni cultural. Ni se compran y venden derechos como en Fráncfort ni tiene una programación de eventos a la altura de la feria de Guadalajara (México). Nunca ha pretendido ser lo primero y nunca ha conseguido ser lo segundo. Es, estrictamente, una feria, en el viejo sentido de mercado al aire libre. Todo el mundo sabe que organizar un coloquio a puerta cerrada en el Retiro es, a pesar de la tregua que supone el aire acondicionado, arriesgarse a que haya más gente entre los oradores que entre los espectadores.
No está agotado. Hasta el 12 de junio la mayor librería de España estará en el parque del Retiro porque, a pesar de que la organizan los libreros, la personalidad de la feria madrileña reside en las editoriales. Su presencia garantiza una diversidad que incluye, por supuesto, las novedades, pero que pone al alcance del lector un fondo compuesto por títulos a los que con demasiada frecuencia se despacha en algunas tiendas con un "está agotado".
Minoría absoluta. Desde hace un lustro, una de las grandes tendencias del mercado español del libro es la proliferación de pequeñas editoriales. Levantadas a pulso por una o dos personas, suelen atreverse con apuestas que, por minoritarias, sus hermanas mayores consideran demasiado arriesgadas. Como, dada su juventud, el catálogo de muchos no alcanza el número de títulos necesario para acudir a la feria, los sellos pequeños tienden a agruparse. El ejemplo clásico es el grupo Contexto, pero este año una de las casetas más multitudinarias mostrador adentro será la que aloje a 10 editoriales de las cuatro esquinas de España: Alfabia, Ático, Barril & Barral, El Olivo Azul, Libros del Lince, Libros del Silencio, Principal, Nevsky Prospects, Sajalín y Xordica.
Hijos de la 'perestroika'. En la caseta de los 10 hay al menos dos editoriales -Sajalín y, sobre todo, Nevsky Prospects- volcadas en la literatura rusa. Más allá del siempre actual trío clásico -Tolstói, Dostoievski, Chéjov-, que no para de reeditarse, el éxito de Vasili Grossman ha conseguido demostrar que el viento del Este no dejó de soplar en el siglo XIX. Las ayudas a la traducción de varias fundaciones rusas y la audacia de algunos editores están haciendo, poco a poco, el resto. "Ya le tocaba a Rusia. Nosotros no paramos de publicar inéditos de autores contemporáneos consagrados allí y desconocidos aquí", dice Marian Womack, de Nevsky, que anuncia, además, la llegada de "los autores cuya infancia transcurrió en plena perestroika", jovencísimos cuando cayó la URSS. Algunos de ellos, integrantes de la llamada generación Debut -nombre de un prestigioso premio para jóvenes-, estarán en el Retiro el 31 de mayo presentando El segundo círculo (La otra orilla), una revolucionaria antología de narradores. Para alguno de ellos, como Gula Jirachev, el comunismo es cosa del pasado porque el presente vive, como dice el traductor Ricardo San Vicente, en la olla podrida del Cáucaso, "mezcla de corrupción, yihadismo, violencia y alegría de vivir, todo bien regado con el caldo postsoviético".
Se habla alemán. Rusos aparte -este es oficialmente el Año Rusia-España-, la presencia de un país invitado a la feria es una costumbre cuyo contenido a veces no llega siquiera a simbólico (Francia hace dos años) y otras es un ejemplo de dinamismo (los países nórdicos el pasado). Ahora toca Alemania, que desembarca en Madrid con pesos pesados del ensayo como Hans Magnus Enzensberger y Rüdiger Safranski. Además, desde que en 2009 ganara el Nobel, las editoriales españolas se han puesto al día con las novelas, poemarios y hasta libros de collages del último premio de habla alemana de la Academia Sueca, la impagable germano-rumana Herta Müller. Ella no viene. Por suerte, sus libros ya no dejan de llegar.
japonerías. Imposible de desbancar la literatura anglosajona del primer puesto de las traducciones más vendidas en España, el segundo hace tiempo que lo ocupa ese cajón de sastre que son las letras centroeuropeas: de la finis austriae al comunismo pasando por el nazismo en todas las lenguas del antiguo Imperio Austrohúngaro. Con todo, en los últimos años, los editores han puesto sus ojos en Japón hasta el punto de que es difícil encontrar un catálogo que no contenga algún escritor japonés. Más que el recientísimo efecto Fukushima se debe al largo efecto Murakami, del que ha empezado a publicarse su mítico 1Q84 (Tusquets). Al contrario que en el caso de Rusia, el presente tira del pasado. La actualidad nuclear, también. De ahí la oportunidad de la aparición de un libro como Flores de verano (Impedimenta), de Tamiki Hara, el pavoroso relato de una superviviente de Hiroshima.
La guerra es un 'best seller'. La guerra civil española, sus antecedentes y sus consecuencias siguen generando toneladas de papel y polémica. Seudohistoriadores aparte, entre los serios coinciden ahora la interpretación coral dirigida por Fernando del Rey sobre la intransigencia política en la Segunda República (Palabras como puños, en Tecnos) con la traducción sangrienta de esa intransigencia, estudiada por Paul Preston en El holocausto español (Debate). Entre tanto, Jorge M. Reverte viaja a la URSS con La División Azul (RBA), mientras tres novelistas coinciden escribiendo sobre el maquis: Almudena Grandes, Alicia Giménez Barlett y Raúl del Pozo. Continuará.
Todo a cien. Como en tiempos de tribulación conviene no hacer mudanza, los editores apuestan sobre seguro rescatando inéditos o poniendo cubierta nueva a sus viejos fondos. Como el mejor pretexto es un centenario, ahí está la segunda vida de los que este año hubiesen cumplido cien: de Álvaro Cunqueiro a Gabriel Celaya pasando por Juan Bernier o el recientemente fallecido Ernesto Sabato.
Primavera analógica. Mientras se defendían del enemigo pequeño -el libro electrónico- las librerías se han encontrado con el grande -la crisis-. Es cierto que el primero creció el año pasado un 50% según el Ministerio de Cultura, pero lo hizo representando apenas un 1% del mercado. La segunda, entre tanto, ha golpeado como nunca durante el primer trimestre. Para colmo, la confusión en torno a la fecha del Día del Libro no ha tenido el efecto curativo esperado fuera de Cataluña, donde se siguió celebrando el 23 de abril pese a caer en Sábado Santo. Finiquitado el mito del libro como refugio de ocio barato contra la recesión y con las compras institucionales bloqueadas por el endeudamiento de ayuntamientos y comunidades autónomas, "muchas librerías han sobrevivido reduciendo personal drásticamente", explica Michèle Chevallier, directora de la confederación de libreros (CEGAL). La crisis es tal que afecta incluso a los presupuestos destinados a los estudios que calculan la magnitud de la caída. Con todo, Chevallier insiste en que ahora son claves "la formación, la gestión y la visibilidad en Internet". De ahí la importancia, apunta, del nuevo buscador www.todotuslibros.com, que permite localizar en qué librería está un libro. Con la feria de Madrid, icono de todas las demás, "llega la primavera", añade. "La real y la simbólica. Este año más que nunca, todos los ojos están puestos en ella".



Fuente: Elpais.com Babelia

miércoles, 18 de mayo de 2011

Una historia a golpe de buenos sentimientos



David Foenkinos llega a España con la premiada novela de amor 'La delicadeza'



La joven Nathalie acaba de perder a su marido en un atropello. Destrozada, poco a poco intenta reconstruir su vida sin mucho éxito. Hasta que Markus, un compañero de trabajo, entra en escena. Y entonces sucede la magia: la capacidad para volver a amar y ser feliz existe. Y no pertenece sólo a Hollywood.
Con este sencillo argumento, la novela La delicadeza (Seix Barral), de David Foenkinos (París, 1974), se convirtió desde su publicación en Francia, en 2009, en la joya de la crítica gala y en el último gran best seller. Su éxito se unió, además, al de otras novelas francesas que también exploraban los buenos sentimientos, el amor y la recuperación emocional, como El consuelo, de Anna Gavalda, o La elegancia del erizo, "¿Necesitamos las novelas felices? No lo sé. Quizá estamos en un tiempo tan siniestro, con la crisis y políticos que abusan de camareras, que la gente se siente bien con estas novelas", explica Foenkinos en un hotel madrileño. "Pero lo que sí que creo es que hay una necesidad de lentitud, de frenar las cosas y de no ir por la vida con la sensación de estar continuamente haciendo las maletas", añade.
En su novela, el tempo lento del enamoramiento se adereza con elementos nostálgicos que también provocan la sonrisa en el lector. David Foenkinos introduce una estética muy setentera alude a la infancia de la protagonista en la que reinan los caramelos Pez y las canciones de las películas de François Truffaut. "Yo soy muy nostálgico, pero no en el sentido melancólico, sino en ese que te produce alegría. También hay una necesidad en la gente por volver a los recuerdos más dulces con el fin de borrar la relación agria que tienen ahora con las cosas", comenta el escritor.
Foenkinos aleja su novela del tono azucarado de las novelas del italiano Federico Moccia al introducir a los personajes "en el entorno más deprimente posible, que no es otro que el laboral", dice el autor. Como ha subrayado el escritor Frederic Beigbeder, "esta novela también habla sobre el trabajo", sobre un escenario en el que se crean bandos y se trazan estrategias, a veces malsanas. "Una empresa es como un país en estado de sitio, pero aun así, puedes enamorarte. El decorado no es importante para el amor", matiza Foenkinos.
Adaptación al cine
El único peligro que acerca esta novela al abismo de lo relamido es su final. Para el escritor, no supone ningún problema: "También hay momentos cursis en la vida. De todas formas, he intentado compensarlos con una estructura en la que aparece hasta una receta de espárragos. Me gusta tener una relación lúdica con la literatura. Y si no te gusta la historia, puedes quedarte con la receta", explica socarrón.
El éxito de la novela ha provocado que Foenkinos la haya adaptado él mismo al cine. La película se estrenará en diciembre con Audrey Tautou como protagonista. Y sí, será muy parisina y muy Truffaut. "El paseo bajo la Torre Eiffel es ineludible", zanja el escritor

Fuente: Elpublico.es

martes, 17 de mayo de 2011

Lois Pereiro, el poeta punk





El Día das Letras Galegas homenajea a un autor de culto con aura de maldito.





El Día de las Letras Gallegas ha sido, hasta hoy, el plumero que ha sacudido la polvorienta biblioteca de ilustres literatos autóctonos, exhumando cada 17 de mayo a padres de la patria como Rosalía o Cunqueiro, pero también a una heterodoxa nómina trufada de frailes, arzobispos o reyes medievales ajena al pulso de la calle o a la mesita de noche del lector contemporáneo.
El tamiz de la muerte evitaba que autores con tirón mediático y editorial protagonizasen la jornada, pues los homenajeados debían permanecer, al menos, diez años bajo tierra. Lois Pereiro (Monforte, 1958) llevaba un lustro aguardando en el cementerio de Santa Cristina do Viso su turno, aunque sus apologetas eran conscientes de que el poeta lucense escondía en su gabardina apenas un ciento de poemas y revelaba en su rostro las depresiones del malditismo, la contracultura y el post punk.
Demasiados fardos, a priori, para la Real Academia Galega, que terminó haciéndose eco de las reivindicaciones de los vates coruñeses que lo acogieron, mediados los ochenta, en el grupo De amor e desamor; de los precursores del movimiento atlantista, una movida pasada por agua que destiló publicaciones como La Naval o Luzes de Galiza, en las que Pereiro plasmó su expresionismo galaico; y de las nuevas generaciones de blogueros, escritores y periodistas, enrolados en Internet, que se han valido de bitácoras y redes sociales para soplar a favor de la candidatura del firmante de Poemas 1981/1991 y Poesía última de amor e enfermidade, reeditados por Edicións Positivas.
Fueron los únicos libros que el poeta pudo ver en vida, pues la guadaña con la que flirteó en sus versos lo arrebató a sus 38 años. Dejaba una novela inacabada en el cajón, Náufragos do paradiso, rescatada por Galaxia; un sentido diario epistolar a su amor siamés, Piedad Cabo, que tomaría la forma de una Conversa ultramarina (Positivas); y un sembrado de estrofas en revistas y fanzines como Dorna y Loia, que dio título a Poemas para unha Loia, publicado en el primer aniversario de su pasamiento y traducido ahora al inglés (Collected Poems, Small Station Press) y al castellano (Obra completa, Libros del Silencio).
Rescate del poeta
"Había problemas para acceder a su obra y, en pocos meses, se han publicado unos 25 libros", explica el escritor Manuel Rivas, que lanzó la candidatura desde su sillón de la Academia sin imaginar que pudiera salir adelante. "Las traducciones van a ser para el mundo de la literatura como una lanza de luz entre dos tormentas", asegura el exdirector de Luzes, donde su amigo Pereiro publicó días antes de morir Modesta proposición..., recuperada junto a otros ensayos por Xerais. "Ahora que está de actualidad el panfleto, el texto es un auténtico Indignaos en forma de arcoiris que no sólo abarca la denuncia", apunta.
Romántico, maldito, exiliado de sí mismo, como Leopoldo María Panero, pero también un libertario que reflejó en su obra "una lectura política del mundo", recuerda Iago Martínez, coautor del documental Contra a morte, un "retrato colectivo y urgente de su generación" que se estrena este martes en la TVG. "Protagonizado por sus amigos y con el poeta como coartada, en él emerge la colza, la heroína y el tardofranquismo", explica Martínez, quien subraya en la biografía Lois Pereiro. Vida y obra (Xerais) la impronta de la música en sus textos. "No es un poeta del rock, pero forma parte de su paisaje emocional e histórico. En su cosmovisión, Thomas Mann está a la misma altura que Ian Curtis".


Moderno en Monforte
Pereiro, nacido en un cruce de caminos de hierro, se dejó atrapar por los nuevos tiempos, que arribaban a su pueblo en ferrocarril. "La heroína entró en Monforte como un vendaval. Tal vez, a través del tren llegó el movimiento obrero, el caballo y el sida", opina su biógrafo. Allí, en el bar Sésamo, donde se cobijaba una "célula de contemporaneidad", sus colegas traficaban con casetes y filmes extranjeros. The Velvet Underground, David Bowie, Neil Young, Joy Division: todo muy oscuro, malditos de diversa clase y condición frente a cantautores protesta, que le parecían un coñazo. Antes de pisar Madrid y machacar sus retinas en la Filmoteca Nacional, Lois se sabía de memoria cada fotograma de Metrópolis sin haberla visto. También poseyó a los simbolistas franceses (Baudalaire, Rimbaud, Verlaine) y a los literatos centroeuropeos (Thomas Bernhard, Peter Handke). "Su gusto era muy avanzado".
El trágico destino convertiría su silueta rasgada en una figura de Giacometti. Pereiro recala en Madrid para estudiar inglés, francés y alemán en la Escuela Oficial de Idiomas y se instala con su pareja y amigos en un cuarto piso sin ascensor de la Avenida de Extremadura, donde el repartidor del butano les vende aceite a granel. Era 1981 y a Lois, con 23 años, las escaleras se le antojan una ascensión al infierno, ya que sus músculos flojeaban por culpa de aquel líquido que envenenaría a miles de personas en España: el aceite de colza desnaturalizado. Luego vendría la heroína, que lo iba a acompañar hasta 1994, cuando, ya en A Coruña, es ingresado en el hospital y le diagnostican el sida. "El cuerpo es una poesía de batalla: / una carnicería en el cerebro", escribe.
Regreso a la tierra
Pereiro intentó darle salida a sus composiciones y, a falta de una editorial que lo respaldase, dejó su huella ácrata, rebelde y transgresora en un fanzine imprimido con una vietnamita por el exilio cultural en Madrid. Alrededor de Loia gravitaban, además de Rivas, los pintores Menchu Lamas y Antón Patiño, así como su propio hermano, Xosé Manuel, que haría de sus letras canciones para el grupo de rock Radio Océano.
Algunos de ellos, junto a Miguel Anxo Fernán Vello, Xulio Valcárcel o Lino Braxe, repetirían en el colectivo coruñés De Amor y desamor, que con sus recitales sacó a Pereiro de su voluntario ostracismo público. En una instantánea de Xurxo Lobato, que ejercería con Vari Caramés de fotógrafo oficioso, "parece que es un recorte", comenta Martínez. La estética de Pereiro, con gafas ahumadas y cazadora de cuero jalonada de cremalleras, contrasta con las chaquetas de sus acompañantes, entre ellos el exministro de Cultura César Antonio Molina, que traduciría algunos de sus versos para la antología Después de la modernidad (Anthropos).
Pereiro ha importado para entonces los postulados del underground europeo. En sus viajes en tren por el viejo continente, sigue el rastro de sus autores de cabecera —Gertrude Stein en París, Yeats y Joyce en Irlanda, Dylan Thomas en Gales, Bernhard en Salzburgo— y, tras ver las primeras crestas en Edimburgo, se sumerge en el movimiento punk berlinés. "Era como una semilla que contenía un universo absolutamente singular, que finalmente se está expandiendo", subraya Rivas.


El clásico vanguardista
Galicia asiste a la multiplicación de sus rimas y sus textos: recitales, conciertos, discos, performances, exposiciones, cómics, documentales y libros rinden tributo a un escritor impudoroso y desgarrado que habló del amor y la muerte con conocimiento de causa. Los stencils con su faz en blanco y negro han colonizado los muros del país e incluso una cadena de supermercados la ha impreso, acompañada del poema Transmigración, en sus bolsas. Muy de poeta urbano o, como lo describió Xavier Seoane, asfáltico.
"Está siendo un descubrimiento para todo el mundo, especialmente para las nuevas generaciones, que lo asumen como la voz de la literatura que necesitábamos en este momento", añade el creador de Todo es silencio, testigo de la revitalización del Día de las Letras Gallegas gracias a la elección de Pereiro como singular e inesperado protagonista. "Lo que está pasando con un autor considerado maldito hasta hace unos meses es algo inaudito. Se habla de él poniéndolo a la altura y con el carácter de convulsión de Rosalía de Castro o Manuel Antonio". Ya lo había escrito años ha: "Pereiro es el clásico que tiene la literatura gallega sin saberlo".




Fuente: Elpublico.es

lunes, 16 de mayo de 2011

Un artista aislado del arte

El Museo Reina Sofía dedica una muestra de 300 objetosa un creador norteamericano sordomudo y analfabeto


James Castle no hablaba ni oía. No sabía escribir y no tuvo una formación artística académica. Pero fruto de una frenética actividad artística acumuló cerca de 200.000 objetos. Los agrupaba en tamaños similares, los envolvía en tela y papel y ataba con cuidado. Les hacía cajas a medida y los guardaba lejos de la vista de los curiosos, en vigas o en edificios abandonados. James Castle murió en 1977, a los 78 años de edad, llevaba casi siete décadas sin dejar de envolver, embalar, atar, anudar, enfundar, cubrir, liar, enrollar. Jamás salió del entorno familiar y pintaba sobre material reciclado con una mezcla de su saliva y hollín de estufa.

James Castle se construyó una isla para no recibir a nadie, pero no paró de lanzar botellas bien protegidas contra la rotura. ¿Mensajes de socorro, reclamos o qué? Dicen que la creación también es un diálogo, una intención de comunicación, un lenguaje. En este caso, una salvación. Hacía libros, cuadernillos, folletos, álbumes, dibujos encuadernados como libros, cubiertas de libros hechas con cajas de cerillas. Para un analfabeto y sordomudo como Castle el mundo del libro no tenía secretos. Hacía abrigos, chaquetones y gabanes de cartón rígido, cosidos con bramante y cuerda. Dibujaba vistas interiores de su casa, dibujaba paisajes sobre envases, folletos comerciales, panfletos religiosos, facturas, sobres usados, cartones de helados, cajas de cerillas y los trabajos escolares de sus hermanos.

"Son dibujos bonitos. El hollín les aporta un tono mate, suave. Una rica gama de grises. El trazo es firme pero tiene un aire relajado. Son fieles pero no esclavos ni mecánicos. Están hechos a mano alzada con un sentido equilibrado de la composición. Son sensibles. Y pese a sus superficies abarrotadas, de gran densidad temática, son serenos. Son tranquilos", cuenta la fotógrafa Zoe Leonard con motivo de la exposición que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía inaugurará el próximo miércoles: James Castle. Mostrar y almacenar, comsariada por Lynne Cooke, subdirectora de conservación, investigación y difusión del museo.

La selección de 300 obras del artista norteamericano plantea de nuevo un dilema que ya había presentado el director del museo, Manuel Borja-Villel, hace un año, con la exposición dedicada al pintor esquizofrénico Martín Ramírez: ¿dónde está la separación de las bellas artes y el arte popular? ¿Qué vigencia tienen los discursos canónicos? "La necesidad de esta exposición reside en la puesta a debate de los preceptos excesivamente cientifistas (casi de entomólogo), planteadas desde una posición de superioridad. Se ha asumido, de manera automática, que el artista autodidacta carece de compromiso con su producción, de proyecto específico, en definitiva, de consciencia", explica en la presentación del catálogo de la muestra el propio Manuel Borja-Villel.

Déficit manual

Por su parte, Lynne Cooke observa los diversos grados de refinamiento técnico en los gouaches, como en otros apartados de sus trabajos. "Parecen determinados por los peculiares efectos expresivos que buscaba, más que por un déficit de destreza manual", dice la comisaria. Añade la especialista el asombro por la precisión con la que trabajó Castle, que apenas realizaba revisiones o reelaboraciones de sus obras. "La mayoría de los dibujos y construcciones parece haberse realizado en una sola sesión", explica Cooke subrayando la unidad e identidad de los trabajos.

A pesar de la intensa actividad que mantuvo, Castle no tenía por costumbre enseñar su obra, aunque mostró un énfasis determinante en enseñar-la a sus familiares y conocidos. No concedió entrevistas (nadie lo reclamó como artista nunca en vida), no escribió sobre su método de producción (ya hemos señalado su analfabetismo), así que poco se sabe de sus técnicas. Es un artista reciente, tres décadas después de su muerte.

Apenas hace tres años, el Philadelphia Museum of Art le dedicó una gran retrospectiva, de la que es heredera esta del Reina Sofía, que viajó posteriormente a Chicago y Berkeley, en la que se analizaba su contexto familiar y su biografía como instrumento interpretativo. Fue su bautismo como artista de artistas, aunque fue en el año 2000 cuando su obra entró por primera vez en el circuito comercial del arte contemporáneo, con muestras organizadas en Nueva York y divididas en tres categorías: dibujo, construcciones y libros.


Antes, en vida, el artista, aunque mantuvo en secreto sus trabajos, no pudo reprimir el impulso de enseñar, a menudo, los dibujos a sus familiares. En la soledad comisarió sus propias exposiciones e ideó complejas presentaciones de su obra. Además, dibujaba las instalaciones de su obra en otras exposiciones improvisadas. Esas imágenes son los dibujos más refinados de Castle. Imaginaba igualmente sus cuadros en las paredes de la residencia familiar, junto a retratos, adornando el piano, por ejemplo.

Precisamente, esta labor de muestra y almacenaje a la que se dedicó Castle aporta la estructura de esta retrospectiva del Museo Reina Sofía, con vitrinas poco profundas, que recuerdan a los archivadores planos. Hay grandes grupos de obras (organizados por temas y medios), inventariadas como un sistema de archivos. Frente a este tipo de almacenamiento están los dibujos, mostrados con marco y paspartú, así como las construccio-nes, montadas en vitrinas. La instalación enfatiza la visión doméstica de Castle, el habitante de un mundo tan íntimo que prefirió la estrechez de la destrucción a la compasión de la Humanidad.

El mundo de un solitario

Alfabeto

James Castle dibujaba las letras de los alfabetos latino, cirílico o griego. No escribía: dibujaba palabras. En realidad no sabía escribir, sólo copiaba símbolos, pero los utilizaba como lenguaje. Castle tomaba los modelos de textos impresos, no de manuscritos, por eso aparecen representados en mayúsculas de imprenta. Tipografías con precisión, algo muy cercano a la abstracción.

Bibliófilo

Castle hacía libros. Muchos, centenares. A escala ínfima y los encuadernaba con materiales que tenía a mano, como cartón reciclado, cartones o cajetillas, incluso, cajas de cerillas. No son cuadernos de bocetos. Si reutilizaba libros existentes, dibujaba en todas sus páginas ocultando gran parte del contenido original de las mismas, pero también conservando elementos gráficos de la maqueta anterior.

Doméstico

Los dibujos de Castle son los dibujos de un habitante, no de un turista. Son el retrato de un mundo mirado con detenimiento, la intimidad de la costumbre. La visión cotidiana de sus propios lugares.

Enigmático

Nadie que haya escrito sobre James Castle se habrá topado con él. Durante su vida, no se dedicó a ninguna actividad ocupacional distinta del arte, que mantuvo en secreto. Su sentido para los materiales no proviene de una historia del arte tradicional ni de aprendizajes artesanos; es consecuencia del conocimiento autodidacta que fue refinando con el tiempo y un agudo pragmatismo que le llevó a reciclar materiales una y otra vez. Intuitivamente, creaba las herramientas y los medios necesarios para ello. Apenas realizaba revisiones o reelaboraciones de sus trabajos. Ni siquiera se sabe cuándo ni cómo incorporó la perspectiva a su obra.


Fuente: Elpublico.es